Por: Iván Cigarroa Existe una abismal diferencia entre el Kendrick Lamar de su primer disco y éste. Su singular forma de rapear le ha abierto el camino a miles de seguidores que se hayan identificado en algún momento con él o con sus canciones, y estoy seguro que este álbum, por muy introspectivo que sea, también ofrece esa opción. Y es que, cinco años de ausencia despues, el angelino regresa con un álbum más redondo e introspectivo que (posiblemente) no busque hablar de sexo, armas, drogas y las calles; sino del paso del tiempo, la vida, los amores actuales, entre otros. Por lo mismo, los ritmos negros están algo ausentes aquí, como para dar lugar a la palabra por encima de los sampleos y música reciente. Un acierto aquí. Esta idea demuestra que Kendrick ya está más allá del discurso de matón, donde su ley es la misma que tenían en su momento Snoop Dogg, Tha Dogg Pound o Dr. Dre. Aquí, aunque posiblemente aún quede algo de esa etapa, las refiere más a manera de protesta, relatand...
Retomando el perdido arte de reseñar discos.