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Marian Anderson - Let Freedom Ring!

Por: Saúl Ordóñez


-En muy pocas ocasiones, el arte se inscribe en la Historia con mayúsculas; en menos aun, el acontecimiento queda registrado. El álbum que nos ocupa contiene la transmisión radiofónica del concierto que la contralto Marian Anderson dio en la escalinata del Monumento a Lincoln el 9 de abril de 1939, un hito tanto en la historia de la música como en la historia de la lucha por los derechos civiles de la población afrodescendiente en Estados Unidos. Es, sin duda, un documento y un texto de valor estético y político excepcional que tenemos la oportunidad de apreciar.

Marian Anderson nació en Filadelfia el 27 de febrero de 1897. Su padre vendía hielo, carbón y ocasionalmente licor en la Terminal de Reading; ya que no había obtenido el título, su madre no podía trabajar en la ciudad por una ley que solo aplicaba a los maestros negros y no a los blancos. Al igual que muchos artistas afrodescendientes, Marian Anderson empezó a cantar en un coro de iglesia, a los seis años; a los once, ya cantaba en un coro de mayores, donde sus extraordinarias dotes vocales empezaron a hacerse notar –en sus palabras: “Me aprendía la parte de todos. La parte de bajo la cantaba una octava más alta y no tenía problemas en dar el Do de pecho.” 

Como su familia no podía pagar lecciones de música, la joven actuaba donde podía y aprendía de quien quisiera enseñarle. El Coro Popular de Filadelfia y el reverendo Wesley Parks, junto con otros líderes de la comunidad negra, recaudaron el dinero para que recibiera lecciones de canto con Mary Saunders Patterson y asistiera a la escuela secundaria South Philadelphia, donde se graduó en 1921. Después, Anderson se postuló para la Academia Musical de Filadelfia, pero fue rechazada por ser negra: "No aceptamos personas de color", le dijo la mujer de admisiones cuando llevó su solicitud. Anderson realizó estudios de forma privada, gracias al apoyo continuo de su comunidad, primero con Agnes Reifsnyder y luego con Giuseppe Boghetti, quien programó un recital en el Ayuntamiento de Nueva York en abril de 1924; Marian cantó para una sala casi vacía y recibió malas críticas.

Finalmente, en 1925, ganó un concurso entre 300 participantes y pudo cantar con la Filarmónica de Nueva York. En la década de los 30’s tuvo varias giras de conciertos por Europa. Triunfó en Inglaterra, Francia, Bélgica, Escandinavia y la Unión Soviética y España, donde Lorca quedó embelesado con su arte el 29 de abril de 1936. Fue muy admirada por Arturo Toscanini, quien afirmó “Una voz así se oye una en un siglo”. Pero, antes de volver a casa, tenía que gastar todo lo ganado porque no podía introducir dinero al país. La llamada Isolda Negra, en su tierra natal debía ocupar el vagón de “Jim Crow” en los trenes, hospedarse en hoteles de paso y entrar por puertas de servicio. Ninguneada en su tierra, respondía a los insultos y las humillaciones con humildad y paciencia infinitas. “Cantaremos donde Dios quiera”, decía.

En 1939, la organización conservadora Hijas de la Revolución Americana le impidió dar un concierto en Constitution Hall de Washington, argumentando que no había fechas disponibles. Pero, ante la negativa, su manager, Sol Hurok, migrante judío ruso naturalizado estadounidense –lo cual es importante, porque también era miembro de una minoría oprimida y perseguida, aunque no tanto como ella, pues era hombre– no se quedó de brazos cruzados. Pidió el lugar para otro de sus representados y no le fue negado. Entonces, inició una campaña mediática que pronto se convirtió en un escándalo. La misma Eleanor Roosevelt, entonces primera dama, renunció a Hijas de la Revolución y promovió el concierto en la plaza del Monumento a Lincoln, donde se reunieron más de 75 mil espectadores. Harold Ickes, secretario del Interior, dio unas palabras.

Al escuchar el álbum, que contiene la transmisión radiofónica de dicho concierto, se me pone la piel chinita, se me encoge el corazón, se me hace un nudo en la garganta y las lágrimas acuden a mis ojos, por lo que no puedo ni siquiera imaginar lo que fue estar ahí presente, abrazado por la multitud. En su discurso, Harold Ickes nos recuerda que el genio no tiene color ni género, porque se encarnó en una mujer negra. Luego, la maravilla: Anderson interpreta la canción tradicional America (My Country, ‘Tis of Thee), tres piezas de La Favorita de Donizetti, el Ave Maria de Schubert y dos espirituales: “Gospel Train” y “Trampin’”. Contienen más espíritu, más carne, más libertad y democracia y equidad y hermandad y justicia que todos los discursos vacíos de los políticos. 

Mi primera intención era escribir que escuchar a Marian Anderson interpretar los espirituales que los esclavos negros cantaban en los algodonales y donde, en mensajes cifrados, los textos bíblicos recuperan la carga de resistencia y rebeldía que seguramente tenían para sus emisores y receptores originales, los judíos exiliados en Babilonia y Egipto, y los judíos y primeros cristianos bajo el yugo del Imperio Romano, era especialmente político. Pero, renuncié a ella porque me di cuenta de que iba a expresar mis propios prejuicios. No, tiene igual o mayor carga política cuando Marian canta a Brahms, Schubert y Sibelius, porque nos muestra que verdaderamente el genio no tiene raza, que la voz no tiene raza, que una cantante de sus dotes puede interpretar lo que quiera.

La transmisión radial del concierto es breve, solo 9 tracks, que incluyen el discurso de Harold Ickes y tres anuncios: uno inicial, otro intermedio y otro final. 5 tracks bastan para que la Anderson nos estruje el corazón, para que nos haga sentir e idealmente nos contagie su paz y su fuerza proverbiales. Pero el álbum también contiene un concierto dado en Copenhague en 1961 que no comento por falta de espacio y por no ser mi propósito, para sumar un total de 28 tracks.

Baste recalcar que el concierto de 9 de abril de 1939 fue histórico. Marcó un giro en la carrera y la vida de Marian Anderson, quien cobró conciencia del potencial y el valor político de su trabajo y no se limitó más a cantar, no donde Dios quisiera y como Dios quisiera, sino donde los opresores de su pueblo le permitían. No, no más. Anderson se convirtió en una luchadora social. Cantó en la inauguración de la presidencia de Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon B Johnson. Inspiró a luchadores sociales como Martin Luther King y a artistas luchadores como Nina Simone y muchos otros. “La madre espiritual de todos los cantantes líricos negros” finalmente obtuvo el reconocimiento que merecía y recibió los más altos honores del gobierno de su país, de numerosas universidades e instituciones, e incluso de las Naciones Unidas, que le dio el Premio de la Paz en 1977. Murió el 8 de abril de 1993, a los 96 años, de un infarto cardiaco.

La voz de Marian Anderson es excepcional y su vida, una existencia ejemplar dedicada a la lucha social y a la belleza artística. Lo que lograron una mujer negra y un migrante judío ruso en un país donde todavía imperan el racismo y la desigualdad, en un mundo donde todavía imperan desigualdades de todo tipo, nos recuerda que los oprimidos pueden cambiar la historia cuando se detienen y gritan (o cantan): ¡No más! ¡Dejen que la libertad suene!

Marian Anderson Let Freedom Ring!
JSP Records / 2016

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