- A muy pocos artistas podemos llamarlos “leyendas” o “mitos vivientes” con justicia. Sin temor a equivocarme, Dolly Parton (Tennesse, 1946) es una. Cantante, compositora, multiinstrumentalista, actriz, escritora y empresaria, cuya carrera supera ya las cinco décadas, Dolly es llamada “la Reina del country”. Efectivamente, se ha codeado con su realeza, como Johnny Cash y Willie Nelson, porque es, por derecho propio, parte de esa realeza, en la que se ha posicionado a pesar de y por los inconvenientes (no se ofendan) de haber nacido pobre y mujer. Ha innovado el género y nos ha regalado canciones que lo han trascendido –una de ellas, la balada rompecorazones I Will Always Love You, más famosa en la increíble voz de Whitney Houston, como parte de la película The bodyguard (Mick Jackson, 1992). Y, ahora, nos regala un álbum de rock titulado Rockstar (2023), del cual reseño la versión Deluxe, que incluye 39 poderosos tracks.
Empezaré comentando la portada del álbum, pues es su puerta de entrada y nos anuncia ya su propuesta estética (y, si se me permite, ideológica). En la fotografía de portada, vemos a Dolly en el interior del que suponemos es un gran auto de lujo, con vestiduras de piel negra; el volante tiene una cubierta de peluche con un animal print de leopardo. La artista está sentada en el lugar del piloto, enfundada en un apretado vestido corto que combina el negro y el animal print, lleva guantes de piel y gafas oscuras –aunque pareciera que es de noche–, labial escandalosamente rojo y una enorme peluca rubia como parte de su sello personal. Con la mano derecha sostiene el volante, la izquierda la lleva al pecho, tiene las piernas cruzadas. La puerta del auto está abierta. Tal vez nos invita a subir y dejarnos conducir, o tal vez está bajando. Hay algo chocante en esta imagen, algo trashy, mas singularmente atractivo, en su mezcla de lujo y mal gusto. Un lugar común en nuestra concepción del estrellato.
Escucho y leo, interpreto el disco desde fuera, extranjero. La música de Dolly, el country, el rock no significan para mí, mexicano, lo que significan para un nativo estadounidense. ¿Quién sería nuestra Parton, su equivalente nacional? Tal vez, más que en un astro cuya lejanía lo hace intocable, haya que pensar en un personaje cercano a lo popular, como Paquita la del Barrio. Imagino a Dolly como a la tía cómplice a quien visitas para que te alivie el corazón roto con una rebanada de pie de manzana recién horneado, un café con bourbon y una larga charla donde se entremezclan los consejos de la sabiduría popular, la de la vida, la que se gana en la calle, el chismorreo y las canciones. También considero que debo poner más atención a Peso Pluma y Natanael Cano, a la estética trashy, francamente naca (sin intención peyorativa), de los corridos tumbados, tan dolorosamente cercana para muchos de nosotros.
No queda, entonces, sino comentar algunos de los 39 tracks de este el cuadragésimo noveno álbum de estudio de la Parton, y el primero de rock. De ellos, buena parte son covers y en colaboración con sus intérpretes originales.
La primera canción, Rockstar, escrita por Parton, expresa el deseo de ser una estrella de rock, de ser famosa, y contiene un diálogo donde la artista es interpelada y censurada por dos voces parentales. Porque una de las caras de Dolly, el personaje, es una eterna adolescente, vaquerita coquette y deslenguada. Y se lo creo a la mujer casi octogenaria. ¿Qué tanto de autobiográfico habrá en esta canción? ¿Qué tanto de la mujer en el personaje?
Rockstar contiene una versión de Wrecking Ball, en compañía de Miley Cyrus. Es bien sabido que la Parton es madrina de la Cyrus. Hasta esta escucha, no había caído en cuenta de que el estribillo de Wrecking Ball es, no por coincidencia, supongo, casi una calca del de I Will Always Love You. Al final del track, el parentesco entre ambas canciones se hace evidente. Es de reconocer que, como Björk, Dolly Parton es una artista consagrada que ha dado el espaldarazo a otras más jóvenes.
Rockstar rezuma girl power, lo cual es importante, pues, a pesar de que hay un montón de artistas que lo desmienten, desde pioneras como Sister Rosetta Tharpe hasta innovadoras y transgresoras de hoy, en el imaginario colectivo, el rock sigue siendo predominantemente masculino y el rockstar, un varón a quien persigue un montón de groupies. Pero, aquí tenemos a rockeras, rockstars de varios subgéneros. En el disco punk de Heart of glass, Parton se reúne con Debbie Harry, dos supervivientes, mujerones, sexys matronas. Y también están Ann Wilson, en Magic Man; Joan Jett, en I Hate Myself for Loving You; Pink y Brandie Carlile, en una versión femenina de (I Can’t Get No) Satisfaction; Melissa Etheridge, en Tried to Rock and Roll Me; Lizzo en Stairway to Heaven; Emmylou Harris y Sheryl Crow, en You’re No Good, y Pat Benatar, en Heartbreaker, pues se trata de jugar con los estereotipos de género sexuales y musicales.
Incluso en colaboración con varones, aun sus creadores e interpretes originales, Dolly da su toque particular a las canciones, pero no haré mención de todos los tracks, para no extenderme demasiado.
Me limitaré a mencionar dos más que me llegan muy especialmente, que he adoptado como míos, y ahora redescubro en este álbum de himnos del rock y del country.
Me recuerdo en mi temprana adolescencia, conmovido por la fuerza desgarradora de What’s Up?, de Four Non Blondes, encontrado en MTV. Dicha canción es un himno de mi generación, especialmente para quienes formamos parte de la diversidad sexual. Y aquí está, con Linda Perry. En nuestros días, el tema cobra otro cariz político y una mayor urgencia.
Y, como parte de la diversidad sexual, no puedo negar que es un sueño, una fantasía cumplida la versión de Jolene, en compañía de Måneskin, contenida en Rockstar. La Parton ya había hecho otra con Pentatonix y Miley Cyrus, e intérpretes varones la habían versionado, entre ellos, Jack White, pero su súplica desesperada y lastimera me resulta casi insoportablemente desgarradora y sexy en la voz del papacito Damiano David.
Porque una estrella mujer, como Dolly Parton, Madonna, Rocío Jurado, una diva resulta especialmente cercana para sus fans homosexuales.
Todo el disco trata de fantasear. De soñar. De cumplir los sueños. Así, en I Dreamed About Elvis, Dolly Parton dialoga con el Rey y puede escucharlo interpretar I Will Always Love You.
Pero los sueños muy fácilmente pueden convertirse en pesadillas de las que no se puede despertar, escapar. El estrellato y la fama, sus excesos, muy fácilmente acaban con uno. Ahí la larga lista de rockstar muertas de un pasón, con los brazos llenos de piquetes. Muchas de las reunidas en el álbum son supervivientes de su estrellato, y aun se atreven a presumir sus cicatrices y bromear, como Stevie Nicks en What Has Rock And Roll Ever Done For You. “El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, si puedes salir del él, si no permaneces en él.
Pero, Dolly Parton, quien nació mujer y pobre, ha encarnado el american dream y se ha convertido, por derecho propio, self-made woman, en una rockstar de última magnitud, a través de una bastante recta carrera de más de cinco décadas. Es una exitosa y poderosa artista y empresaria, con, incluso, sus propias cadenas de parques temáticos y hoteles. Bastante recta, he dicho, mas no intachable, pues todos somos seres humanos, falibles por humana condición, y los Sweet Dreams “están hechos de esto” (abuso), según reza el estribillo de la canción de los Eurythmics con que cierra el álbum en esta su versión Deluxe, llena de nostalgia, energía y emociones contrastantes.
Dolly Parton - Rockstar Deluxe
Butterfly Records / 2024
Comentarios
Publicar un comentario