Por: Israel Téllez Alcántara
-Hay leyendas negras que se niegan a morir pese a tener todos los indicios y las condiciones de que así sucederá. En el mundo de la música, que es lo que nos concierne, el problema siempre gira en torno a cuestiones legales: quién es el dueño del nombre de la banda, quién posee los derechos de las canciones, quién se apropió de la imagen, etc.
Son muchos los casos de carreras musicales que no sobrevivieron a juicios entablados ya no entre artistas contra managers, sino entre sus propios integrantes, si no que se lo pregunten a Saúl Hernández y Alejandro Marcovich.
En el caso de la escena metalera nacional, nos viene a la mente el caso de cierta banda que tenía todo para ser un parteaguas en la década de los 90, con un álbum que trascendió nuestras fronteras y fue editado por un sello internacional de muy alta reputación dentro del mundo del black metal.
Pero las disputas internas entre el vocalista fundador y el ego de su guitarrista, tan grande como el sobrepeso que muestra hoy en día, se llevaron al diablo lo que pudo ser una brillante historia para el metal mexicano. Ni hablar.
Por el contrario, hay otros casos en los que la nave se recompone y con atibados sobrevive a las tormentas legales. Ése es el caso de Immortal, que tras los pleitos, dimes y diretes entre sus integrantes y la mediación de la Oficina de Patentes de Noruega, se mantiene activa ya sólo con Harald Nævdal, alias Demonaz, como único miembro original.
Para este disco, los músicos de sesión son Kevin Kvåle, de From The Vastland y Gaahls Wyrd, en la batería, así como Ice Dale, de Enslaved, Demonaz y Audrey Horne, en el bajo.
Todo esto es causa de críticas entre sus seguidores mas puristas y la facción más “trve” del black metal; aún así, Demonaz tuvo el coraje de sacar el noveno disco de la banda, Northern Chaos Gods, en 2018, y un lustro después vuelve a la carga con otro opus que simple y sencillamente rescata algo de esa vieja esencia que les dio gloria a finales del milenio con la edición de At The Heart of Winter, en 1999.
Se trata de War Against All, publicado el 26 de mayo vía Nuclear Blast, un álbum con el que Immortal trata de redimirse y quizá lo consigue, pero sin ser sobresaliente y mucho menos creativo.
Ojo, no por eso es un disco malo, sino todo lo contrario. Es un trabajo muy disfrutable, con canciones muy buenas y épicas, pero que queda la sensación de quedarse corto, quizá, por todo el pasado de la agrupación y la expectativa causada en torno a su regreso luego de los litigios.
El primer trallazo llega con el track que bautiza al disco, un tema que bien podría ser el crossover del Battles in the North con At the Heart of Winter. Immortal de principio a fin, con el blast beat, cortesía de Kevin Kvåle (From The Vastland, Gaahls Wyrd) marcando la directriz musical y Demonaz poniendo el sello de la casa en las voces.
En este punto es pertinente señalar que no es casualidad que esta canción que canto amigos, es una más de dolor… ok; no. Es a posta que esta canción es la apertura del álbum, cuya letra es una declaración de guerra o un reto para quienes daban por muerta a la banda y auguraban un desastre musical de proporciones épicas. Nada más lejos de la realidad.
Fiel a la esencia de la banda, Demonaz camina por la senda oscura del reino ficticio de Bashyrkh, ese universo tan presente desde la época primigenia de la banda. Eso, aunado al sonido de la banda, totalmente noventero, pero fresco, se convierten en los puntos clave para que este trabajo sea notablemente bueno aunque se quede corto en creatividad.
Thunders of Darkness prosigue el viaje por las tierras oscuras del reino del cuervo con una dinámica incluso mucho mas contundente que su antecesor: voces gélidas, ráfagas black y el hipnótico martilleo de la batería, un beat reptante que en ningún momento deja caer a la canción y atrapa desde un principio. Joya negra, tallada en los mismísimos talleres de orfebrería del Hades o Blashyrkh.
Si estos primeros siete minutos hacen pensar que todo será black machacante, con riffs intensos y la esencia primitiva flotando etérea, ello es una gran equivocación, pues la banda revira y retoma otros sonidos y elementos ya utilizados en álbumes como el Blizzard Beasts o el Sons of the Northern Darkness y los incorpora de manera magistral.
De hecho, parece que la intención de Demonaz fue ésa: fragmentar el disco y si la primera fue una ventisca de rabia invernal, la pare intermedia muestra esa faceta un poco más experimental de la banda, si cabe el término. Aquellos sonidos que van más hacia lo ambiental y que en cierto modo recuerdan a Bathory.
Al menos es lo que muestran Wargod, No Sun, Return To Cold y Nordlandihr, con un sonido mucho más épico y con obvios tintes marciales. Aquí la tónica es mucho más tranquila, con buenos cambios que para nada le restan fuerza al álbum y, por el contrario aumentan los matices sónicos que recrean perfectamente toda la narrativa en torno al reino de Blashyrkh.
La última parte de War Against All inicia con Immortal, una canción que sin duda es la icónica –ojo, no es lo mismo que sobresaliente- de este trabajo al conjugar prácticamente todos los sonidos del álbum con un grito contundente: I’m Immortal, my spirit of ice, my blood is frozen, I dwell in the cold.
Y el cerrojazo, ahora sí con broche de oro es Blashyrkh, My Throne, mucho más lenta que todas las demás, pero mejor compactada y con una rítmica que no deja recordar a Mountains of Might del Blizzard Beasts, el disco, con el que mucho bromeamos acerca de que fue en el que Immortal finalmente mostró que ya sabía tocar.
Disco muy disfrutable que nuevamente comprueba una regla de oro: si algo funciona bien, mejor no moverle o se descompondrá; sin embargo, en este caso, un poco más de atrevimiento por parte de Demonaz habría sido muy interesante. Aunque también es cierto que aquí se rompió aquella regla que dice que el que no arriesga no gana.
Immortal - War Against All
Nuclear Blast / 2023
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