La última
vez que compré un disco fue en 2012. Tiene tiempo ya. No lo he hecho desde
entonces y no porque no quiera, de pronto la vida ha dado varios giros y las
prioridades son otras. Pero hubo una época en que cada semana me hacía de
discos.
En ese entonces
el mundo era distinto, la era digital todavía no nos alcanzaba (si, alguna vez
pudimos vivir sin tanta tecnología -literalmente- a la mano), y aunque no era
tan complicado conseguir la música, no la obtenías de forma inmediata.
Tiendas de
discos o el tianguis del Chopo hicieron bien su trabajo: cada semana compraba
música nueva, conocí una interesante cantidad de artistas nuevos, consagrados y
desconocidos.
Mi hambre
creció y comencé a buscar otros géneros, idiomas, formatos. Pero llegó un punto
en que ya no podía costear tanta música, entonces llegó Internet.
Al aprender
a usarlo y navegar en el inmenso mar que poco a poco iba siendo, sus aguas me
llevaron cadenciosamente a Nápster, Audio Galaxy y otros sitios de descarga de
música gratuita. Todo iba excelente hasta que Lars Ulrich, el baterista de Metallica,
demandó a todos esos sitios por regalar la música que él y su banda vendían
como pan caliente. Entonces hubo que legislar.
Pero los
internautas, como buenos seres humanos, encontraron la forma y desde entonces
es más fácil descargar música de forma gratuita.
Con el
tiempo, la música ha sucumbido a la nueva revolución industrial que estamos
viviendo, dejando de lado los formatos convencionales y moviéndose mejor en digital.
Eso ha permitido que más artistas independientes den a conocer su propia música
a bajo costo y llegando a todo el mundo.
¿Pero cuál
es el costo de esta nueva forma de distribución y producción? Por lo pronto la
industria discográfica ha ido en picada al no poderse acoplar a un formato que no
pueden controlar y que se esparce más rápido de lo que lo hacían los vendedores
pirata convencionales.
Aun así, le
han entrado al nuevo formato y desde ciertas plataformas, ofrecen streamings
exclusivos, gratuitos o de estreno de sus diferentes artistas. Pero los
artistas independientes ya lo hacían desde antes.
Y para
cuando el vinil revivió y se convirtió en arte-objeto, la misma industria
comenzó a promover ese formato, alejado de la cultura digital e impide a la
piratería copiar fácilmente su música. Pero también los artistas independientes
lo hacían desde antes.
Pero la
música online en Spotify, Google Play, o Apple Music tiene mayor peso. De
acuerdo con los datos con que cuenta la Federación Internacional de la Industria
Fonográfica, existen más de 112 millones de personas registradas en dichas plataformas
y se estima que 100 millones de ellas pagan por una suscripción. Estos últimos
tienen acceso a un catálogo de 50 millones de canciones. Seguro no bastará una
vida para escucharlas todas, pero es un hecho que vale la pena estar suscrito
ahí.
¿Qué pasa
con la parte emocional de adquirir un disco? Digo, la emoción de esperar la
fecha de lanzamiento, ir a la tienda de discos, buscarlo y pagar por el
producto es emocionante. Pero lo verdaderamente excitante es abrirlo, y
mientras lo escuchas abrir el booklet, sentir el papel couché, oler sus páginas,
¡el arte del disco! ¡las fotos de los artistas! Y muy importante: las letras.
¿Dónde queda todo eso?
La facilidad
de acceder a más música en un formato intangible ha permitido que una cantidad
mayor de artistas muestren su arte en diferentes formas, es cierto, pero a
cambio nos ha quitado algo importante, que hacemos de forma automática: los
cinco sentidos en la música.
Insisto: la
era digital y no permite oler el interior del disco, ver las fotos y letras, tocar
el booklet. Solo podemos escuchar la música y saborearla con el líquido de
nuestra preferencia. Los cinco sentidos ya no están al 100, por eso muchos han
perdido el interés de apreciarla.
Actualmente
consumo mucha música, y aunque no importa el formato, sigo pensando que el físico
sigue siendo benéfico para un artista. Lo seguiríamos recordando,
disfrutaríamos más sus discos y el hecho de ocupar un espacio en nuestras
habitaciones o salas te hace saber que está ahí, para esos momentos de alegría,
tristeza o deseos sexuales.
Yo extraño
el disco, pero tampoco estoy de acuerdo como las disqueras encarecen los
productos, como ignoran verdaderas propuestas para firmar a lo mismo de
siempre.
Extraño al
disco. El tiempo para escucharlo detenidamente mientras admiro el booklet.
Extraño al
disco. Poder leer las letras, cantar al unísono con el artista.
Extraño al
disco. Ver los detalles de producción, conocer algunos nombres, ver quienes
colaboraron, saber del productor, donde grabaron. Los agradecimientos.
Extraño al
disco. Las ediciones especiales con bonus tracks, o con canciones escondidas.
Extraño al
disco.
Me siento como The Divine Comedy a la Indie Disco, pero en tiendas de discos.
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