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El disco que me hizo entender mejor la música: Mellon Collie And The Infinite Sadness


¿Dónde estabas en 1995? Cuando Internet todavía no dominaba nuestras vidas, cuando el Error de Diciembre era muy reciente y cuando MTV era un canal de música alternativa y no lo que es hoy. ¿Dónde estabas?

Específicamente ¿dónde estabas el 24 de octubre? Por lo menos yo estaba emocionado por la salida de un disco. Mi hambre de escuchar música estaba presente también, y en ese día especial yo quería comprarme un álbum que esperaba desde hacía meses y que justo ese día fue publicado: Mellon Collie And The Infinite Sadness de Smashing Pumpkins.


Era la época en que cursaba el CCH. Azcapotzalco era mi base de operaciones y la de otros amigos que nos encantaba la música. Había una conjunta fascinación por conocer cosas nuevas en la jardinera que se encontraba hasta el fondo del plantel, cerca de las canchas de básquetbol. Para entonces los medios donde se difundía la música de forma inmediata era en las estaciones de radio WFM, Radioactivo 98.5 y Órbita 105.7 y el canal MTV.

Ahí conocí a Smashing Pumpkins, pero dos años antes, en 1993; cuando el grunge comenzaba su auge y su disco, Siamese Dream, se escuchaba en todos lados.


Dos años después, con Kurt Cobain fuera de este mundo, Caifanes separándose y una fuerte crisis económica en México, yo esperaba ese disco luego de escuchar el primer sencillo Bullet With Butterfly Wings, que parecía mostrar que el resto del disco tenía ese mismo sonido, es decir, muy orientado al grunge.


Pero como todo en esta vida, había un problema: el disco era doble y por la reciente crisis financiera que atravesaba nuestro país, el precio podría ser demasiado alto. Antes de la crisis un cassette importado me costaba 35 pesos (aaahh, ¡¡qué baratos tiempos!!), en plena crisis su costo era mayor a los 80 pesos. Hablo de un solo álbum. En este caso Mellon Collie And The Infinite Sadness era doble.

Obviamente no tenía ese dinero y en el futuro cercano tampoco. Ni con una cooperación con los compañeros del CCH saldría, sobre todo porque de ser así también tendrían derecho a escucharlo y la música, si bien está hecha para compartirse, en un formato físico debe cuidarse. Tiene que preservarse.

Decepcionado, decidí comprar el cassette grabado en el Tianguis del Chopo. Era más barato y aunque como bien mencioné en mi columna pasada, no hay nada como tener el disco original, yo ya quería escuchar el disco doble completo, ya. Ya. YA. Como dice su amado presidente, ¿ustedes que hubieran hecho?


Eso sí, el ritual seguía siendo el mismo: escuchar música con mi walkman amarillo y audífonos, camino a donde sea, y el nuevo disco de Smashing Pumpkins no sería la excepción. Me tomaba una hora ir de mi casa al CCH. Así que le tocaba al primero camino a la escuela y al segundo de regreso a casa. Hablo de que mi viaje era de Ecatepec a Azcapotzalco. Y era 1995. Hoy el desplazamiento es otra cosa. Peor, claro.

Dividido en dos partes tituladas Dawn to Dusk y Twilight to Starlight respectivamente, Mellon Collie And The Infinite Sadness me sorprendió por no iniciar con la dureza y contundencia de la que me enamoré con el anterior disco. ¿Qué pasaba? ¿Una pieza orquestal e instrumental para abrir el disco? Bueno, puede pasar, pero al llegar la segunda y escuchar otra parecida ¿qué estaba pasando? ¿Me dieron el cassette equivocado? Lo saqué para ver si tenía alguna calcomanía pegada, alusiva a otro artista, pero no. Noooooo, ¡Tendría que esperar al siguiente fin de semana para reclamar por el disco correcto en el Chopo! ¡Y apenas era lunes!


Pero no. Conforme avanzó el álbum reconocí la voz de Billy Corgan. ¿Qué pasaba entonces? Resulta que estaba ante una idea distinta de hacer música para Smashing Pumpkins. Una en la que no contemplaban repetirse a sí mismos, buscando direcciones distintas, empezando por las composiciones y los nuevos productores: Flood y Alan Moulder. El primero ha trabajado con Depeche Mode y el segundo con Nine Inch Nails.

Pero eso no era todo, el disco variaba y corría sin problema entre ritmos dispares, pero con una maravillosa coherencia. De lo orquestal al rock crudo, de las baterías programadas a las guitarras acústicas. Un disco doble denota un exceso de creatividad, discos como The Wall de Pink Floyd o Use Your Illusion I y II de Guns N’ Roses lo confirman. Y canciones como 1979 o Tonight, Tonight!, son canciones con brillo propio que me siguen gustando, a 22 años de su lanzamiento.


Decidí escuchar más a fondo el disco. Eso implicó hacerlo dos veces más. Así fue como entendí todo el concepto, que iba sobre el ser humano y su lugar en el mundo, pero además no era fácil de digerir a la primera. 28 canciones aglutinadas en dos discos, una excelente cantidad de géneros y mis interminables ganas de escuchar música nueva. Ahí estaba todo.

Fue un álbum bastante disfrutable, pero esas ganas de no repetirse a sí mismos, además del inflado egocentrismo de Corgan mandaron al hoyo a la banda. Y si bien no superaron nunca esta maravillosa producción, por lo menos dejaron canciones muy buenas. Seguro conocen algunas de ellas.

En el CCH, hablé con un par de amigos, uno de ellos dijo que no le gustó, que esperaba sonaran como el Siamese Dream. El otro aseguró haberlo escuchado, y aunque sí le gustó esperaba un disco más pesado. No opiné como ellos, pero cada cabeza es un mundo. Yo solo quería escuchar más música, más discos así, porque desde mi individualidad yo me sentía parte de Smashing Pumpkins, como si hubiera estado en la producción, en el momento de la composición. Sentía que entendía el por qué de cada idea.

Y justo hoy, a 22 años de su lanzamiento, me sigo sintiendo así y me encuentro igual que en aquel entonces: con hambre de más música nueva. 

Si quieren escuchar Mellon Collie And The Infinite Sadness solo por conocerlo o para recordar esos tiempos, den clic abajo en mi nuevo playlist de Spotify.







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