El año pasado me tocó vivir la primera ronda de decesos en artistas que admiro. De todos ellos tres me sorprendieron: David Bowie, Prince y Juan Gabriel. Obvio nadie lo esperaba, pero creo que desde ese momento me di cuenta que el ocaso de mis ídolos había iniciado. Recientemente la muerte se llevó a Chris Cornell y con ello me comencé a entender que el tiempo transcurre inevitablemente y el costo que implica para cada uno.
Siempre
he escuchado la frase “cómo hemos cambiado” pero es justo en el correr de este
año cuando he entendido el sentido de esas palabras. Y es que no es cualquier
cosa enfrentarse al paso del tiempo y que tu vida cambie día
con día.
El
tiempo lo vivimos corriendo. Corremos al trabajo, a la escuela. Comemos
corriendo, tratamos de llegar a todos lados a ese ritmo, y simplemente no lo
vemos pasar. Pero en cualquier momento te das cuenta y ¡pum! Has crecido.
Me
he encontrado con viejos amigos y compañeros este año, gente a quienes no he
visto en meses o años. Cuando voy al cine, veo TV o Netflix, incluso en
mis hijas lo veo: el tiempo está pasando sobre mí y poco me doy cuenta de ello.
Ver
a músicos o amigos envejecer comienza a volverse duro. Crecimos juntos, somos
parte de una generación, de una época donde vivimos cosas tanto maravillosas como
tristes. Hemos visto el mundo volverse un lugar menos seguro a pesar de los
avances tecnológicos. Más comunicado gracias a las redes sociales, pero menos
honesto entre sus usuarios. O visto como la televisión ha dejado de ser
quien marca la pauta a seguir en la vida cotidiana; también hemos dejado de ser un
ser humano erguido y orgulloso de sí mismo para convertirnos en uno encorvado que en todo momento observa su dispositivo.
Hace
poco a un buen amigo le dijeron Chavorruco
en sus redes sociales, o como dijo él, Rucochavo.
Sea broma o en serio, mostró pesar ante la referencia. Y es que si antes el
término daba risa, hoy, para quienes entramos a esa
etapa su significado se ha vuelto peyorativo, porque sabemos que ya no es lo
mismo de antes.
Pearl
Jam, Caifanes, Zoé, Guns N’ Roses, Eminem, The Cure y muchos más han crecido
conmigo en este tiempo. Son míos, parte de mi generación y me han regalado
maravillosas historias, pero en cualquier momento eso va a terminar. Hoy, cuando
estoy por iniciar la cuarta temporada de mi vida, me doy cuenta de ello y
necesito hallar un punto de equilibrio que me permita aceptar que es un proceso
natural, que el ocaso de mis ídolos no va a doler tanto y que la vida, a pesar
de todo, seguirá ofreciendo cosas maravillosas.
Algo es cierto: es duro saber que los ídolos no son invencibles, que tienen fallas, defectos.
Vaya, son humanos como yo cuando se suponía eran algo superior. Y que Bowie,
Prince, Cornell, Rita Guerrero y todos aquellos a quienes admiro y que ya no están entre nosotros me indican sutilmente que mi tiempo ya vendrá. Así que tengo que aprovecharlo.
Y
a pesar de lo doloroso que pueda ser, de cada deceso se aprende algo.
Afortunadamente sus respectivos legados son historias de vida, donde sus líneas
se volverán en algún momento de nuestras vidas algo significativo, tal y como siempre ha sido pero no nos detenemos a apreciar.
Así que hoy tengo que escuchar más música, pero también crecer como persona, ser mejor en todo sin importar nada; excepto el saber que mi piel se arrugará, me quedaré calvo, tal vez pierda la vista, el oído, ¿qué se yo? Pero hoy disfrutaré lo que tengo.
Y así será cada día.
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